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The Beatles y su sincretismo revolucionario

Ilustración de Roger Hoyos®

Tenían al mundo a sus pies. Todos los músicos que entraban al circuito querían ser como ellos. Eran el fenómeno pop más universal jamás conocido. Eran la superestructura de la música popular.

Desde 1966, cuando The Beatles dejó de realizar giras (básicamente porque ya no podían disfrutar hacer música en vivo por culpa de los gritos de las fans), comenzarían a ir contra del mismo ethos que forjaron por cortos pero extenuantes cuatro años para construir la leyenda y forjar una discografía de excelencia, en base ya no a una fórmula para el éxito, sino que en base a la experimentación y al encuentro con otras manifestaciones culturales que bullían en creatividad. Con este giro, los Beatles le dieron maduración y consolidación al rock como producto artístico, y -como lo describe el académico Fabio Salasa la vez lo despojan de su superficialidad temática y lo encauzan hacia una profundización en los contenidos y formas.

El contexto: mientras EE.UU. comenzaba su guerra absurda contra Vietnam, los ingleses por su parte comienzan a difundir textos más acabados y de un contenido más vivencial en sus canciones. Era la época del Rubber Soul, donde recuperaron el sentido de dirección que habían empezado a perder durante el último período de trabajo de Beatles For Sale (1964) y que, a causa del abuso de la marihuana, casi se evapora durante la era del Help!

Es en este período donde comienza a generarse el fenómeno de sincretismo (sistema filosófico que trata de conciliar doctrinas diferentes) en los Beatles, gracias a un entendimiento gradual de que no tenían porque separar su trabajo profesional de sus vidas internas (una de las marcas más profundas que les dejó su encuentro con Bob Dylan en 1964).

Se tomaron vacaciones -cosa que no ocurría desde 1962- para ocuparse justamente de situaciones más cotidianas y banales. Y también, para absorber ideas e influencias para un nuevo álbum. En esos tiempos de reencuentro y descubrimiento, los músicos de Liverpool profundizaron sus conocimientos de ciertas manifestaciones culturales que les inquietaban: George Harrison se instruía en los conocimientos en la cultura hindú (filosofía, música, religión), Paul McCartney empezaba a estudiar y comprender la música clásica con sus sonatas y sinfonías, y John Lennon exploraba su espacio interior mental con el LSD e indagaba sobre las teorías de las experiencias psicodélicas de Timothy Leary. Todas estas inquietudes se volcaron hacia la profundidad del talento tanto del grupo, como en sus composiciones individuales.

Estas conciliaciones entre los procesos de choque transculturales traerán consigo las llaves de las nuevas propuestas en sonido de la música popular de la segunda mitad del siglo XX. El cruce entre la cultura brit clásica en los Fab4 con el hinduismo, los experimentos psicodélicos alucinógenos (cabe mencionar que en Inglaterra aún no había una subcultura del “ácido” como en EE.UU.), la literatura existencialista, las ideas marxistas y anarquistas, el postmodernismo, y hasta la música docta, generarían innumerables matices tan significativos en sus contrastes como en sus similitudes, y dotarán al catálogo de los Bestles, y de la música popular, una riqueza sin parangón. Para el periodista y escritor Diego Fischerman, los Beatles fueron un “fenómeno anfibio”: mientras sus canciones seguían bailándose, pasándose por la radio y vendiendo millones de unidades, desarrollaban un nivel de sutileza y detallismo en la composición totalmente inéditos en la música pop.


La primera canción en donde se nota la mezcla y la coparticipación de formas culturales generando un resultado integral es ‘Norwegian Wood’ (1966). El primer rasgo característico es su tinte oriental, por el uso del sitar, instrumento de cuerdas de origen hindú, que Harrison ya había escuchado en la banda sonora de Help! (1965), pero que decidirá tocarlo luego de conocer el trabajo del músico Ravi Shankar. Para Lennon, era algo nuevo, pero después de escuchar y sentir los sonidos que se podían sacar (con los sentidos alterados por el LCD) quedó fascinado con el sonido raga (modos melódicos empleados en la música clásica india). En una composición en conjunto con McCartney, el resultado fue una de las mejores canciones del Rubber Soul y predilecta entre los músicos de folk. En cuanto a su letra, Lennon tomaría el espíritu de narraciones burlonas al estilo Bob Dylan.

Música y letra comenzarían a transmutar en sus específicos discursos ya para 1967. Y también lo haría su forma de mostrarse visualmente. La fórmula de Brian Epstein de uniformarlos al estilo de la nouvelle vague francesa de finales de la década del 50 sería historia. Ahora, se dejarían crecer el pelo, usarían barba, vestirían trajes de colores, o bien, la ropa que a cada uno más le gustase. En definitiva, encontraron en los postulados del pop art (del visionario Andy Warhol) el medio para construirse una imagen, un sentido para darle forma a su nuevo espíritu rebelde, algo que también se reflejaría en la preocupación estética del arte de sus álbumes.

The Beatles, cambio look 1963 y 1969

El académico Claude Chastagner sostiene que el arte de un disco es un espacio de ambigüedad y de tensión, entre aspiraciones estéticas, radicalismo crítico y apuestas comerciales. Es un espacio, ínfimo, pero con una capacidad de intriga y poder de seducción. Los Beatles, intuyéndolo o no, desde su disco Revolver fueron marcando pauta del poder y la seducción de una carátula. El caso más evidente, sin duda, es el de la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), encargada a los artistas pop Peter Blake y Jann Haworth, y transformada en la carátula más imitada en el mundo de la música popular.

Blake y Haworth imaginaron un objeto estético, lúdico y de una extraordinaria capacidad comercial y publicitaria, donde se encuentran exhibidos con ostentación, los gustos culturales de Lennon, McCartney, Harrison y Starr, en un gesto que funda y legitima el eclecticismo iconoclasta de la cultura rock y el sincretismo entre las artes musicales y las visuales. William Burroughs, Albert Einstein, Edgar Allan Poe, Fred Astaire, Marlon Brando, Marilyn Monroe, Bob Dylan, Sigmund Freud, Karl Marx, Laurel y Hardy, Karlheinz Stockhausen, George B. Shaw, Shirley Temple, Oscar Wilde… son algunos nombres que desfilan por la carátula, todos personajes públicos de diversas ramas artísticas, culturales, académicas, de las ciencias sociales; todos, transformados en memorabilia rockera luego de este guiño.


Con los discos: Revolver (1966), Sgt. Pepper’s… (1967), Magical Mystery Tour (1967), The Beatles (1968) y Abbey Road (1969) los Beatles llegarían a un techo imposible de superar, siendo Sgt. Pepper el cenit del proceso, contextualmente. ¿Las razones? Su sincretismo es de un resultado exquisito, el primer álbum conceptual indivisible para la industria musical (que tenía la mala praxis de sacar versiones distintas a cada lado del Atlántico), salto en la calidad de producción e innovación en las técnicas de grabación, y una propuesta musical tan abrumadora que llevó a que todos los grupos de rock revisaran sus músicas y planteamientos. Hasta los mismos Rolling Stones intentarían equiparar este trabajo en su Their Satanic Majesties Request a finales de 1967.

El legado de esta discografía esencial para cualquier melómano que se jacte de tal, es que no importa el éxito obtenido, siempre hay que seguir evolucionando; no conformarse con las líneas habituales, sentir el deseo de conocer cosas distintas; tener olfato para rastrear en otras culturas distintas las herramientas para abrir caminos; hacer una reflexión cuando las fórmulas se agotan y tener el coraje para cambiarlas.


Con todo ese abanico de conocimiento, es imposible que no aumente el gozo cuando se escucha, por ejemplo, la hermosa ‘Eleanor Rigby’ con su doble cuarteto de cuerdas, que ya no es sólo un “arreglo”, sino que es algo con tal grado de esencialidad que se hace irremplazable; o no quedar reflexionando en el texto de ‘Tomorrow Never Knows’, con su contenido ideológico profundo, que subvierte su propio mensaje equivalente a la máxima hippie de “estar aquí y ahora” con las ideas vanguardistas y existencialistas que comenzaron a inquietarle a Lennon, y que volcaría de lleno en su discurso, tanto en los Beatles como en su truncada carrera solista; o quedar perplejo ante el desquiciado sonido de 'Helter Skelter', con McCartney dando rienda suelta a su mejor faceta de guitarrista poderoso y arreglador de cosas enormes. 

Este tipo de trabajo es el más claro ejemplo de lo constitutivo e importante que fue la música para los Beatles una vez que absorbieron la característica abstracta, pero real, que distingue a las obras más representativas del arte a través del sincretismo. Le dieron valor a lo estético como un resultado artístico superior, por sobre otros vicios del mundo musical (como el business). Y fueron los primeros en el siempre complejo universo del rock. Otra vez.

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La receta del éxito

Para nadie es un misterio que el rock chileno actual se encuentra en estado grave. Ahora, desde la otra vereda, el pop hecho en Chile se ha transformado en un género sustentable y de exportación. Analizamos esta escena desde el libro Canciones Del Fin Del Mundo.

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Rock, identidad y espacio público

1965 es el año en donde nació el rock como el elemento identitario innegable de la juventud del siglo XX. EL rock ‘n roll ya había hecho su tarea de empoderar a los jóvenes desde la habitación. Ahora es tiempo de conquistar el espacio público

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Autogestión en la música chilena (II)

Segunda parte del especial sobre autogestión en la música popular chilena. Esta vez, revisando lo que pasó en la década dorada en cuanto a producción: los 90. ¿Cómo influyeron el retorno a la democracia y la revalorización del arte en nuestra industria local?

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Cuando la música se acaba

“Queremos el mundo y lo queremos ahora”, es el grito colérico de Jim Morrison en la grandiosa canción ‘When The Music’s Over’. ¿Qué es lo que los Doors querían comunicarle a toda una generación juvenil ávida de cambios? Analizamos su importancia para la cultura rock

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CInco versus la ciudad

Este ensayo es una reflexión sobre las imágenes antiurbanas presentes en las letras de las canciones de Pearl Jam, planteando algunas interpretaciones sobre las letras escogidas y los registros culturales de una época particularmente interesante en la historia de EE.UU.

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Autogestión en la música chilena (I)

Primera parte de una serie de artículos que abordarán la autogestión en la música popular en Chile. Acá, revisamos el período de tiempo entre fines de los años 60 y fines de los 80, con la aparición de pequeños colectivos y redes de apoyo informales

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Blur vs. Pinochet: crítica neoliberal

Más allá de la razón principal de la suspensión de su show en 1999, nadie había reparado en el texto discursivo de Blur, claramente más incendiario que su nacionalidad, ya que atacaba al espíritu del siniestro legado de Pinochet: el neoliberalismo

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David Bowie: la odisea sin fin

Desde el invasor Ziggy Stardust hasta su autoexilio como padre devoto, el mesiánico David Bowie ha sabido mover los hilos de su odisea musical sin fin con inteligencia y aplomo. Revisamos su brillante, multifacética y siempre polémica carrera.

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La casa del Metal: sellos discográficos

Dentro de la industria, el Metal se ha convertido en un estilo atractivo para hacer negocios por una razón: sus fanáticos son verdaderos amantes del género. Tanto, que algunos formaron grandes sellos desde la independencia. Acá los analizamos

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Rock, habitación e identidad

A mediados de los 50, el rocanrol no sólo llegó para cambiar los canones de la música entonces conocida, sino que también, instauraría a un nuevo sujeto social: el adolescente, y ayudaría a definir un nuevo espacio de identidad: la habitación.

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El cosmos rebelde del Krautrock

En esta segunda entrega de “revoluciones inconclusas”, analizamos el surgimiento del rock en la Alemania posguerra. Descontento, sintetizadores y música clásica se funden para dar vida al llamado Krautrock, estilo que dejó huellas indelebles

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Quemasucabeza: el antisello

No es un misterio que las cosas cambiaron en la forma de hacer negocios en la música. Chile, no quedó al margen de este movimiento. Desde hace más de 10 años, distintos sellos vienen marcando pauta desde la independencia. Uno de ellos: QSC.

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NOLA Effect: el inconcluso reencanto del metal

Estrenando el ciclo “revoluciones inconclusas” del rock, analizamos la escena metalera de New Orleans, que aún teniendo a Phil Anselmo comandando las huestes noleanas, no logró consolidarse dentro de esta época esquiva a los sonidos más pesados.

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Pintura callejera: intervención urbana rock

Johnny Cash, John Lennon, The Ramones y Joe Strummer retratados en los muros de la ciudad
“La historia se escribe en la calle
con gente de verdad”

Weichafe – El Rock Del Poncho

La frase del desaparecido grupo de rock chileno Weichafe evoca al carácter popular, callejero y más romántico del rock. Inspira esa cerveza en la cuneta, a la junta en la sala de ensayo, al guitarreo' en la playa, a la tocata en la plaza y, porqué no, a la de ese clásico rayado en la muralla, realizado con una lata de espray, haciendo alusión de que el punk no ha muerto. Ese mensaje tan habitual que se puede encontrar en la urbe, específicamente en las paredes -el gran soporte de las manifestaciones artísticas populares- da fe a la premisa descrita por el power trío, y que lleva años expresándose, retratando un hecho estético total y que atiende a lo contestatario. Un tipo de manifestación que se mantiene al margen del sistema, alejado del "doble click", que trae el mensaje subversivo y traspasa a todas las redes sociales del ciberespacio a las cuales estamos enviciados, y que es más cercano "al guerrilla radio que al ok computer".1

Este lenguaje se propuso un dialogo con la calle y la ciudad, en el espacio público, donde la ciudadanía se manifiesta (muchas veces y con más fuerza) sobre la crisis de la sociedad. Un fenómeno urbano, comunicacional y artístico. Una jerga que se escribe con rayas, con jeroglíficos o simplemente con una imagen y detrás de la cual habla un misterioso personaje. Así, se puede afirmar que detrás de los rayados, los graffitis, los stencil -el street-art en gloria y majestad- hay una cierta libertad de expresión en forma pura, porque es ahí donde se mezcla la clandestinidad, la rebelión, con los movimientos hábiles, los lenguajes sugestivos y demoniacos, que van dejando el rastro de una o más personas que quieren dejar parte de sus gustos, pasiones y/o reclamos.

Los encapuchados de Liverpool: The Beatles retratados por el artista Mr. Brainwash
Mural realizado en el Barrio Holborn, Londres.

Nuestra ciudad se convierte, de esta manera, en un gran lienzo pintado por un montón de enmascarados con distintas opiniones e intereses. Cada uno proyectando su propia idea, generando una especie de collage, muy lejos del carácter militante del muralismo político y del ególatra graffiti norteamericano. Para que entendamos el mismo lenguaje, definiremos ciudad como un lugar de encuentro e intercambio de cultura2, y pintura callejera, como un tipo -simultáneamente banal, anónimo, popular y masivo- de pintura realizada en las murallas públicas3. De este modo, cuando hay cosas que decir, esas manifestaciones se pueden expresar a través de un gesto visual, y qué mejor que ocupar la propia infraestructura urbana como medio de comunicación social y colectivo.

La pintura callejera forma parte del adn de las subculturas relativamente jóvenes, caracterizada por ser, en líneas generales, efímera y no institucional (aunque en la actualidad muchas marcas comerciales ya han visto en el stencil un importante vehículo para el campo publicitario4). Algunos sociólogos hablan de la ‘moratoria vital’5, que es un período de tiempo en la vida de las personas que las liga a partir de códigos diferenciales generacionales, donde se marca un claro consumo cultural, ligado activamente a los medios de comunicación, específicamente la música.

La clásica animación gráfica de The Wall (Pink Floyd) pintada sobre el Muro de Berlin

La relación que se establece entre la música y lo joven pasa en una medida, no insignificante, por el rock y sus variados géneros (heavy metal, punk, grunge, brit, etc.), para grandes sectores de jóvenes urbanos de clases medias y altas, pero también, para algunos jóvenes de sectores populares que se diferencian así de sus pares.
"Somos las flores de los tachos de basura” decían los Sex Pistols. Esta frase puede ser encontrada en las cercanías del Barrio Azopardo, un barrio estigmatizado por ser uno de los más peligrosos, en San Salvador de Jujuy, y también se lo puede encontrar en las paredes de las calles del Barrio Ciudad de Nieva, uno de los barrios más pudientes.6
Este texto, que ejemplifica la transversalidad de un rayado en la norteña provincia argentina de Jujuy, nos muestra la apropiación del rock desde distintos contextos y subculturas jóvenes, y que, por ejemplo en Santiago, se puede ver graficada con la conocida consigna "Punk Not Dead", que se puede encontrar y leer tanto en murallas de Providencia y Las Condes (comunas del barrio alto) como de Estación Central y Recoleta (barrios céntricos) o Puente Alto y Maipú (zonas periféricas de la capital).

Esta relación entre graffitis y rock, que si bien es cierto tiene una reducida actividad en la actualidad, marca definitivamente una comunicación urbana que desplaza a la comunicación de masas, para transformarse en un mensaje polifónico y subjetivo, pero con una fuerte carga social.

El carácter marginal, periférico y contrainstitucional de los grafitis está ligado históricamente a sus orígenes (en términos de su masificación) a la cultura hip-hop7, desde finales de los setenta y muy fuerte ya en los años ochenta y noventa. Sin embargo, de los inentendibles rayados neoyorquinos, aparece en Francia el artista Blek Le Rat para intervenir las calles parisinas en la década del ‘80, con imágenes a escala humana y de figuras populares, ocupando los conceptos utilizados por Andy Warhol en los años ’50-’60; y siendo mentor de artistas como el reconocido Banksy. Estas técnicas, más el avance tecnológico -pasar de los brochazos al envase en aerosol- darían un vuelco a la utilización de esta expresión callejera.

Antes de este contexto histórico, en Inglaterra aparece la relación entre el rock y la pintura callejera, como un subgénero secundario si se quiere: en 1967, un rayado irrumpe en una estación del metro subterráneo de Islington, Londres. El texto que se podía leer era: "Clapton Is God"8, y fue pintado por un admirador, que luego de ver una presentación de la banda The Yardbirds, decidió manifestar su opinión e "inmortalizarla" con un rayado urbano. Luego, la consigna se volvería tan popular que comenzó a replicarse en varias murallas de la capital británica.

Ya en los ’70, el movimiento punk encontraría en el grafiti y en el stencil un soporte perfecto para su actividad callejera, y así, levantar iconos y figuras subversivas, como también mensajes contrahegemónicos. Más adelante, y en menor medida, la cultura indie también adoptaría la técnica para la difusión de esta tendencia.

Estas huellas que se van escribiendo sobre la piel de la ciudad van quedando descubiertas en los horarios más inciertos, donde la ley fiscalizadora y normalizadora deja de mirar a las paredes como lugares privados y éstas mismas pasan a ser lugares públicamente sensibles, por poner un ejemplo, ya que hoy por hoy la pintura callejera es parte de nuestra cotidianidad.

En Chile, las manifestaciones del grafiti rockero se concibieron a mediados de los ‘80, cuando el nuevo movimiento musical, ya menos reprimido y censurado por la dictadura, comenzaba a generar fuerza y resistencia desde las periferias de la ciudad. Esta trinchera tenía como generalísimos a unos incendiarios sanmiguelinos: Los Prisioneros, y detrás de ellos, toda una generación de músicos que empezaron, de a poco, a manifestar el descontento y denunciar la brutalidad y horror del gobierno de Pinochet. Los Prisioneros pregonaban: “de las entrañas de nuestras ciudades surge la piel que vestirá al mundo”9. Y tenían razón. Lentamente se comienza a formar una especie de escuela clandestina que aspira a ser la canción protesta del proceso histórico que se estaba gestando y la banda sonora del período que se avecina.

Mural de Los Prisionero en el Museo de Arte Callejero, San Miguel
Realizado por Nodo Arte Público y Mono González

Por otra parte, el rock "de afuera" empezará a penetrar con todo y a todo el país desde los ’90. Se escuchará masivamente mucho rock anglo, que dejará sus huellas de manera indeleble en nuestra cultura. El espíritu contestatario y trasgresor que caracterizó al desarrollo del rock iniciada la democracia, su carácter popular, la notable influencia sobre el público juvenil, el origen callejero de algunas bandas y, en oposición a ello, la concentración de las compañías discográficas, su monopolio de la promoción y cadena de distribución; se combinaron para hacer del rayado callejero el medio más idóneo para publicitar tanto a los grupos de rock en formación, como a los nuevos ídolos foráneos. De esta forma, las paredes de la ciudad se transformaron en espacios de prensa libre, en dibujos donde se describen, muestran y simbolizan a nuestras bandas favoritas: Fiskales Ad-Hok, La Renga, Rolling Stones, La Rabona Funk, Víctor Jara, Ramones, Nirvana, John Lennon… todo vale para hacer (re)conocer que hay seguidores del rock.

“Bello barrio con b larga y a corta, en que el proyecto cultural
no ha sido culeado, ni tampoco nos borraron los murales
que anuncian la venida del afamado grupo chicano de rock Los Lobos”

Mauricio Redolés – Bello Barrio

Mural de Víctor Jara con extracto del himno a las BRP

La pintura callejera, como manifestación gráfica del rock, es justamente la clara muestra de las prácticas de la subcultura y una excelente aplicación popular de la máxima del teórico de la comunicación de los ’70 Marshall McLuhan: "el medio es el mensaje"10. Por un lado, marcan las diferencias entre grupos y estilos, y por otro, hay que leer estas intervenciones urbanas como marcas de resistencia al poder hegemónico. Estos símbolos no reconocen en forma directa las filiaciones políticas (aunque se reconoce el histórico carácter político del muralismo chileno) porque se trata de una práctica que, si bien logra saltar el cerco de la indiferencia urbana, por lo general, tiende a ocupar el espacio de la incomodidad, y sin duda, ejerce un grado de violencia contra la propiedad privada y no es improbable que algunos se sientan violentados en caso de que sea su propiedad, y entramos a otra discusión, si esto es arte o vandalismo. Si bien es cierto hay mucha obscenidad y mal gusto en las paredes en varios casos, por otro lado, hay gente atinada que los hace, quizás, porque no tiene otros medios para poder intentar hacer algo bueno por el mundo tan desastroso como está. Y el rock se transforma en esa fuerza que mezcla estética, arte y mensaje contestatario.

Entonces, si no hay plata para publicar revistas, si no hay forma de entrar a las pantallas, si no pasa nada y sigue ese eterno blanqueo que es más bien un gris corrupto cómplice del silencio, si no hay cómo, entonces el plan se reduce al uso de una lata de espray para rayar las murallas de la ciudad.

Interpretación de 'De La Cama Al Living' y portada de Clics Modernos de Charly García.
Mural de Mc Pyo en  Barrio San Nicolás, Buenos Aires


“Me voy corriendo a ver qué escriben
en la pared la tribu de mi calle”

Patricio Rey & Los Redonditos De Ricota - Vencedores Vencidos


(*) Artículo publicado originalmente el 15.09.2010


1 Se hace alusión a la canción de Rage Against The Machine y al disco de Radiohead, respectivamente, conceptualizando los términos de acción insurgente y orden establecido.
2 Jordi Borja, "Ciudadanía y espacio público". Revista Ambiente y Desarrollo, 1998
3 Patricio Rodríguez-Plaza, "Estética, política y vida cotidiana: El caso de la pintura callejera chilena". Revista Bifurcaciones, 2005.
4 Edwin Campos, Santiago Stencil. 2006
5 Mario Margullis, La juventud es más que una palabra, 2008
6 Edgardo Gutiérrez, Sobre los graffitis y las intervenciones urbanas del rock, 2006.
7 Ocupando las técnicas del tag, throw-up y piece que se dieron a conocer en la época ’71 al ’75, principalmente en los barrios marginales de EE.UU.
8 La frase hace referencia al excelso guitarrista Eric Clapton.
9 Frase de la canción 'La Voz De Los 80' (1984)
10 Marshall McLuhan & Quentin Fiore. El medio es el mensaje: un inventario de efectos. 1967

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Historias de Motocicleta: Brando y los BRMC


Los fanáticos de Black Rebel Motorcycle Club deben saber esta historia al pie de la letra. Pero, para aquellos que no lo son, o que no conocen a la banda, o de donde proviene su peculiar nombre, dejamos este registro que hace la relación entre la banda originaria de San Francisco -que por estos días lanza su nuevo disco de estudio- y una vieja película de 1953 protagonizada por el gran Marlon Brando.

movWildOneEl afiche de la película, versión DVD

The Wild One es una película dirigida por el húngaro László Benedek que cuenta la historia de Johnny Strabler, el líder de una pandilla de motociclistas que por los años 50 daban cuenta de un fenómeno beatnik  creciente en los Estados Unidos; de jóvenes rebeldes que vivían sobre las dos ruedas provocando pleitos, bebiendo (mucha) cerveza, vistiendo chaquetas de cuero, lentes de aviador y jeans, todo lo que posteriormente Dennis Hopper simbolizaría en la famosísima Easy Rider, así como también James Dean en su breve carrera cinematográfica.

Trailer de la película

La pandilla de motociclistas liderada por Johnny (personificado por Brando), llevaba por nombre “Black Rebels Motorcycle Club”. Sólo una ‘s’  diferencia  este nombre con el de la banda de garage rock formada a fines del siglo XX por Robert Levon, Michael Hayes y Nick Jago, que originalmente se hacían llamar The Elements, pero al existir ya una banda con ese nombre, decidieron cambiarlo.

Cuenta la historia que un día, trasnochado haciendo zapping, Robert se encontró con una maratón de películas de Marlon Brando, entre las cuales estaba la citada El Salvaje (según su titulo en español), desde donde nació la idea para bautizar de tal manera a la banda que ya lleva seis discos en el cuerpo  y se prepara para lanzar el séptimo: Specter At The Feast.  También, adoptaron como propia la insignia de la banda de Brando: aquella calavera con los pistones cruzados y la vestimenta de cuero propia de los pandilleros, así como también la simpleza de su gráfica en sobrios blanco y negro.

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El logo de la banda, y una imagen de su presentación en Chile, con el logo como telón de fondo.

La historia no queda allí, sino que la trascendencia de la película, se dice, también inspiró a la banda más grande y famosa del planeta, The Beatles, cuyo nombre provendría de la banda rival a la de Brando, llamada “The Beetles”, que se autodenominaban así por la vestimenta de su líder, Chino (Lee Marvin), que se asemejaba a la de los escarabajos rayados, con rayas negras y blancas.

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La banda de Brando: los BRMC; y los Beetles, liderados por Lee Marvin.

The Wild One es una película sindicada como la precursora del género que llevaba la rebeldía a la gran pantalla, y se basa en una novela corta titulada The Cyclists’ Raid, de Frank Rooney que fue publicada en la revista Harper’s Magazine en 1951. 
“La historia, basada en un hecho real, trata sobre los acontecimientos sucedidos en el pueblo californiano de Hollister el 21 de julio de 1947 cuando un grupo de moteros protagonizó diferentes altercados vandálicos en la zona. En la película, el pueblo ficticio donde sucede la historia se llama Wrightsville claramente basada en Hollister.” (Wikipedia)
A la banda que se refiere el texto es 13 Rebels Motorcycle Club, fundada en 1937 por Ernest “Tex” Bryant y que hasta el día de hoy es un club sancionado por la American Motorcycle Association. Uno de sus legendarios miembros fue Shell Thuet, afamado corredor de motos, en quien se basa el personaje de Brando en la película. También, el personaje del líder de la banda rival, personificado por Lee Marvin, se basa en otro miembro de los 13 Rebels: “Whino Willie” Forkner, que posteriormente, al ser expulsado por ‘pendenciero’, formaría su propia banda llamada The Boozefighters, pero en ningún caso eran bandas rivales. 
Ardin Van Syckle, miembro de los 13 Rebles, y el "inofensivo" logo de la banda.

El incidente de Hollister nunca sucedió como lo cuenta Wikipedia, sino que la revista Life se encargó de maximizar pequeños incidentes en que los miembros de las bandas conducían algo ebrios, como los que aparecen en la imagen de la derecha.

Lo que sí realmente ocurrió, y que se retrata en la película, es el nacimiento de una contracultura, cuya vestimenta hasta el día de hoy es tomada de manera ‘oficial’ por los motoqueros del mundo: los jeans, originalmente unos Levi’s 501, y la chaqueta de cuero modelo The Scott Perfecto 618, creada en 1928 con su característica cremallera gruesa y cierre cruzado para protegerse del viento y el frío.

Otro de los íconos que la película muestra es la motocicleta que conduce Marlon Brando: una Triumph Thunderbird 6T de 1950, cuyos fabricantes en un principio no estuvieron de acuerdo con el uso de sus productos en la película al ser asociados a escenas violentas, lo que hoy en día no les hace ningún problema con usarlo dentro de su publicidad.

Toda esta serie de relaciones históricas de las que se aprovechó la película, en parte son usadas por la banda, con las chaquetas de cuero tratando de recobrar ese significado de rebeldía y nostalgia. No sucede así con las motocicletas, cuya relación no sobrepasa la película, la banda no las usa como parte de su imagen ni sus fans son reconocidos motoqueros. Quizás la elección del nombre fue casual y parte del azar o pueda tener interpretaciones rebuscadas, pero las relaciones que conlleva sin duda son parte del imaginario colectivo del rock y nuestra cultura.

(*) Artículo publicado originalmente el 09.11.2010. Actualizado y editado para esta edición.

Anexos:
The 13 Rebels Motorcycle Club: 1953′S “The Wild One” Inspiration 

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Sankt Pauli, el club más rockero de todos


Es difícil encontrar una combinación tan perfecta entre fútbol y rock, mezclando la pasión inexplicable que ambas maravillas de la era moderna pueden entregar. Este es el caso del Sankt Pauli (o FC St. Pauli),  equipo que actualmente juega en la segunda división de la Bundesliga (liga alemana), y que sale a la cancha acompañado por el sonido ensordecedor de las guitarras de 'Hell’s Bells' de AC/DC estallando por los parlantes al inicio de cada encuentro. Pero no solo los riff de Angus Young son los que llenan de rock el estadio de los alemanes. Cada vez que el equipo marca un gol, suena la inigualable 'Song 2' de los británicos Blur, provocando el delirio de sus hinchas.



Nacido en 1910, pero con tan sólo siete temporadas en la Bundesliga, el Sankt Pauli es oriundo del barrio rojo de Hamburgo y es el fiel reflejo de una hinchada y una localidad que propone una forma de ver el fútbol -y a la vida misma- totalmente fuera de las reglas capitalistas que dominan el mercado del deporte. Fundado por los sectores más pobres de la ciudad teutona, se han declarado públicamente como antifascistas, antiracistas, antisexistas y antihomófobos. Su Presidente, Corny Littmann, es uno de los fundadores del Partido Verde, conocido activista homosexual, destacado empresario teatral alternativo y ferviente fanático del equipo, cuya devoción por los Kiezkicker queda demostrada cada fecha, cuando el Millerntor-Stadion se llena con los 15.000 incondicionales hinchas que han seguido ciegamente a su equipo por la segunda y tercera división alemana. Hinchada compuesta en su mayoría por prostitutas, okupas, punks, homosexuales, artistas y clase trabajadora, engalanando el escenario con banderas piratas, símbolos antifascistas y de izquierda.



También resulta interesante el rol que ha tenido el punk en el club, ya que fueron éstos quienes introdujeron la bandera pirata como símbolo de la lucha contra el capitalismo. Desde ese momento, la calavera con las tibias cruzadas se convertiría en el emblema no oficial del equipo, siendo utilizada por todos los hinchas e, incluso, en los banderines del córner.

Son estas razones que hacen que el St Pauli convierta al fútbol en una auténtica expresión del rock y siendo la música usada como bandera de lucha a favor de ese fútbol de barrio y de esa pasión que ninguna sociedad anónima puede eliminar.

(*) Artículo publicado originalmente el 14.03.2010

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La cultura que se volverá basura


Llama la atención que en Chile, desde fines de los 90 a la actualidad, de entre las tres figuras más importantes del rock en términos de masividad y trascendencia -Los Prisioneros, Los Jaivas y Los Tres- sean los primeros los menos tomados en cuenta como influencia musical por la nueva camada de bandas de rock chileno. Un ejemplo: el rock progresivo. Si en algún momento incluye influencias nacionales, esas son Los Jaivas, y los más sofisticados incluyen por ahí otras raigambres folclóricas como Violeta Parra e instrumentos de origen indígena. Otro ejemplo: el rock pop de la última década (Llámese Bunkers y un sinfín de las cuales ni siquiera conozco el nombre) tiene como referencia obligada a Los Tres, y las más "mamonas", siguen la senda de Lucybell. Permítanme uno más: la nueva trova “rock” (Manuel García, Gepe, Chinoy y un largo etcétera), no puede sino tributar permanentemente a Víctor Jara y a la ya mencionada Violeta.

¿Por qué Los Prisioneros no? ¿Por qué si, alineándome con una columna leída en Rockaxis, Los Prisioneros son los creadores de al menos la mitad de los grandes himnos del rock chileno, son la única banda de rock capaz de llenar dos veces el Estadio Nacional, si con un tema de ellos se iniciaron las transmisiones de MTV Latino, si son permanentemente tributados y venerados, si entre sus filas tienen a EL rockstar chileno? ¿Por qué no penetran en las influencias musicales (directas) de las bandas nacionales que les sucedieron?

Fueron piedra angular del rock chileno, una banda con posición política clara en momentos en que era difícil ser masivo y de izquierda a la vez. Eran una banda de composiciones directas y poco sofisticadas (aunque escuchen ese bajo, por favor), un grupo con calle, sin apellido de papá y sin abuso de metáforas. Simplemente una banda de rock de masas. Pero de rock. Y todo eso el rockero chileno lo tiene claro, lo aplaude y lo tributa, pero el asunto es que esa línea musical, la que mezclaba las guitarras rockabillies, teclados y sintetizadores, la que cruza punk y baile (tal como The Clash y otros punkies hicieron en la década de los '80), no tuvo ni ha tenido muchos “delfines” en nuestro país.

Da la impresión que acá prefieren la buena ejecución de los instrumentos, las bonitas armonías vocales, las melodías melosas, los barrocos arreglos con instrumentos folclóricos, la complejidad, rapidez y virtuosismo de las guitarras, las incomprensibles metáforas, el camino difícil y menos directo para decir las cosas. Ese es el estilo chileno y Los Prisioneros están fuera de todo eso, a pesar de que se reconozca a Jorge González como un monstruo de la composición.

Al rockero chileno (al ejecutor y al público), le gusta además el discurso moderado, 'concerta', sin herir muchas susceptibilidades, los cánticos contra el dictador que teniéndolo 500 metros bajo tierra poco y nada de sentido tienen, el verso 'suavecito' y superficial contra la desigualdad, pero siempre cuidando no ser desmesurado, no pasarse de la raya, no irse 'en la volá', no botar los micrófonos… Jorge González es mucha tontera y poca mesura, y a los chilenos nos encanta la mesura.



Uno de los pocos grupos actuales que he escuchado tomar influencias musicales directas del trío sanmiguelino son los Tío Lucho, en su nueva faceta de punk bailable. Imagínense a Los Prisioneros un poquito más cuicos, con discurso “contestatario” sobre la globalización, más elaborados en la ejecución y cambiando de Carlos en la producción (Fonseca por Cabezas), pero manteniendo esa onda rockabilly bailable, entretenida, de melodía fácil. En Lo Que Ahora Brilla Putrefacto Quedará…” (2007), los sintetizadores, el rockabilly y las tornamesas tienen el sello prisionero, recordando frecuente y particularmente a ese tremendo disco llamado La Cultura De La Basura (1987), con temas en onda 'Somos Sólo Ruido' y la misma 'La Cultura De La Basura'. Es cosa de escuchar la fórmula que se repite en composiciones como 'Ni El Martillo De Tor Podrá Salvarlos', 'Inhale' o el single 'Desperdicio (Música Para Bailar)'. 'En Tu Contra' incluso tiene un claro guiño al bajo de ese himno de los '80 llamado 'No Necesitamos Banderas'.



Lo Que Ahora Brilla…” es un disco que toma muchos elementos del grupo de Narea, González y Tapia. Elementos de forma, no de fondo. De sonidos, no de actitud. Pero no seamos injustos, tener la actitud que Los Prisioneros tuvieron en su momento es muy difícil en nuestros días, pero es deber y deuda del rock nacional el hacerle más guiños a nuestro trío rocker por excelencia, el darle las gracias no sólo con tributos, covers, ni reconocimiento verbal, sino con el dejarse permear por sus influencias, el tratar de encarnarlos, de ser su relevo, de aceptarlos explícitamente como padres. En eso, al menos, Tío Lucho cumple.


(*) Artículo publicado originalmente el 24.10.2010 por Felipe Godoy
Columnista +Rock

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Nouvelle Vague, la estética del rock de los '60

Rolling Stones (John Hopkins, 1963) vs. The Beatles (Harry Watmough, 1961)

La imagen iconográfica del rock se sustenta en gran medida en la apariencia estética de sus artistas, es decir, en su vestimenta, sus peinados, en la forma de abordar a sus instrumentos, en su postura durante la interpretación de su música en un concierto. En definitiva: todo lo visual, todo lo que alcanza a proyectar dicha banda como parte de su concepto global que también involucra otras aristas. A dicha imagen, a través del tiempo se le ha atribuido un contenido contestatario, porque a menudo su estética no calza con el repertorio que proyecta el modelo de ciudadano común y estandarizado que habitualmente vemos entre los días lunes y viernes. 

Por la otra vereda, obedientemente el rockero tiene como cualidad intrínseca el celebrar la imagen que proyecta alguna banda; la exacerba y la convierte en un producto de consumo. La fidelidad de décadas que puede alcanzar un seguidor respecto de su banda favorita es una cualidad sobresaliente y única en trascendencia, respecto de la misma relación artista/fan, pero situada en otras vertientes musicales llamadas, paradójicamente, “comerciales”. 

El mercado del rock da para todo tipo de souvenirs y merchandising, desde el rockero orgulloso por su polera negra hasta una colección de discos remasterizados. ¿Qué sentido tiene la polera?, nada muy productivo, sólo exteriorizar una postura diciendo: “a mi me gusta esta banda (y no soy como tú)”. ¿Qué sentido tiene el disco remasterizado?, nada, salvo atesorar un objeto que un oído inexperto jamás podrá poner en valor. Escribiendo esto me pregunto: ¿hay algo más uniforme y predecible que la tropa de asistentes a un concierto de rock? 

En sus inicios, los grandes íconos del rock inglés, precursores del movimiento a nivel planetario, basaron su fama y trascendencia en sendas campañas de publicidad y marketing, preconcebida por sus respectivos managers. Hablo de The Beatles y Rolling Stones. Ambos grupos forjaron su imagen rupturista bajo el alero de la “moda” en la croquera de sus creadores, quienes con audaz visión, plasmaron en estos chicos a punta de peinados, vestimenta y set fotográficos toda la necesidad de cambio luego de la post-guerra que la juventud adormecida requería. 

Acá es donde aparece La Nouvelle Vague, corriente que iluminó las mentes de Brian Epstein y Andrew Loog Oldham -managers de The Beatles y Rolling Stones, respectivamente-, quienes utilizando tópicos de este movimiento cultural, moldearon la imagen que exteriorizaban ambas bandas hacia la opinión pública y sus fanáticos. 

'A Hard Day´s Night' (Richard Lester, 1964) / ’Jules Et Jim' ( François Truffaut, 1962)

La Nouvelle Vague representó un cambio cultural en la concepción de las artes francesas a finales de la década del ‘50, alcanzando más tarde una mayor relevancia fundamentalmente en el cine europeo más que en otras expresiones. Dentro del cine, las temáticas que destacarían estas películas era la presentación de personajes con un estilo de vida desenfrenado (para la época), poniendo relevancia en el personaje “perdedor”, siempre buscando la libertad por sobre el héroe, con un fuerte componente político y reivindicativo, insistiendo en el blanco y negro como colores predominantes en cuanto a la fotografía. Aunque conocido es que "la única regla de la Nueva Ola francesa era que no hay reglas”

Quizás, la mejor muestra de esta corriente sea el largometraje Les 400 Coups (1959), la ópera prima del director parisino François Truffaut. (No me queda muy claro, en lo que he leído, si el título hace referencia a las gran cantidad de transgresiones del protagonista, o por el contrario, a la cantidad de pruebas que la vida le coloca como obstáculos). “Los Cuatrocientos Golpes” es el hito fundacional del movimiento y, en definitiva, la más importante. Su final es memorable, con Antoine Doinel -el niño que protagoniza la película- corriendo hacia la playa en busca de la libertad. Recomendada en absoluto; es atípica, con un drama sicológico desde el punto de vista de la niñez, una ambientación soberbia y una honestidad brutal en la historia (biográfica del director) que se transmite en cada cuadro, en cada escena.

Estética, moda e imagen de Antoine Doinel ('Les 400 Coups', François Truffaut, 1959)

En 1961 Los Beatles tocaban en el The Cavern, un bar de la ciudad de Hamburgo, Alemania (sueño con tomarme un shop de cerveza ahí). En este lugar fue cuando Brian Epstein vio a estos personajes de “malos modales", que utilizaban chaqueta de cuero en el escenario, tocaban rock and roll y tenían un gran carisma y potencia. Finalmente, terminó trabajando con ellos, y no paso mucho tiempo para que los convirtiera en los melenudos que impactaron al mundo a partir de 1962. 

Epstein llegó a la banda y les inyectó dinamismo, y como todo movimiento produjo cambios: reemplazó al baterista original Pete Best por Ringo Starr, los uniformó con trajes a todos por igual; según palabras del mismo John Lennon, Epstein les dijo: 

Miren, si ustedes realmente desean conseguir uno de esos lugares grandes, van a tener que cambiar, dejar de comer en el escenario, dejar de maldecir, dejar de fumar. 

En definitiva, implementó un cambio de imagen al grupo, que en la parte estética, tenia un fuerte raigambre en la ya citada Nouvelle Vague. Es más, el famoso peinado “a lo beatle”, ese que dejó de lado al gel y al mítico peinado hacia atrás del rocanrol -sí, ese mismo que utilizaba ya saben quién-, ya era  un peinado popular que se encontraba plenamente vigente (“a la moda”) en la Francia de aquellos años; y aunque algunos le atribuyen a Astrid Kirchherr -una fotógrafa alemana conocida por sus fotografías del grupo en el ’60- la creación del estilo, la verdad es que ella sólo los invitó a adoptarlo.

The Beatles en Hamburg bajo el lente de Astrid Kirchherr (1961)

Mientras eso pasaba con los de Liverpool, en Londres los Rolling Stones tuvieron en Andrew Loog Oldham a su mentor. Famoso en el medio por sus tácticas de marketing, fue quien acuñó la inmortal frase “¿dejaría usted que su hija saliera con un Rolling Stones?”. Este maestro de la producción artística musical (que recientemente lanzó un libro con sus vivencias, Rolling Stoned) convirtió a los Stones en la antítesis de la imagen santurrona que los Beatles proyectaban. Reconocido cinéfilo y fanático de la Nouvelle Vague, basó en ella toda la conceptualización de las primeras fotografías que los Stones se tomaron entre los años 1962 y 1964 como parte de la campaña publicitaria para hacerlos conocidos a nivel global.

Fotografías publicitarias The Rolling Stones, 1962-1964

Oldham en sus memorias dice: 

Bastante antes de que 1963 cambiara la cara de la música tal como la conocemos, Gran Bretaña ya tenía un motivo pop: la moda. Yo tomé esas libertades establecidas y las apliqué dentro de los límites del seguro mundo de la música, donde resultaban innovadoras.

Las influencias directas del cine de la Nouvelle Vague en la estética de los dos pilares de la música inglesa de la década del ’60 viene a reafirmar la teoría que, junto a una concepción musical potente, el rock repercute en las masas adolecentes con una propuesta estética distinta, que pretende ser trasgresora en comparación a lo ordinario de la moda cotidiana (ya aceptada y adoptada). 

Esta idea “casualmente” coincide con la visión de mundo de un adolecente en busca de medios de expresión para retratar su descontento habitual, es más, el rockanrol norteamericano tiene su génesis en una serie de expresiones rupturistas para la época: en los peinados, en la forma de bailar, en la vestimenta, en las letras contra la autoridad paternal conservadora; todas expresiones que analizadas con lupa, no son más que una serie de manifestaciones triviales muy bien explotadas por los mercaderes de la música. Oldham y Epstein, afortunadamente, captaron esta idea, y junto con ellos, muchos otros siguieron ensalzando la música rock con un componente estético fundamental, para que éste se convierta finalmente en arte.

(*) Artículo publicado originalmente el 17.10.2011.

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Blues, White & Black: el 2012 del blues rock


En los recuentos de fin de año, cada quien cuenta su propia historia. Así las cosas, en esta columna de recuento podríamos hablar de indie rock, de la nueva psicodelia o del año del retorno de Soundgarden. Pero no. En esta columna hablaremos del año del blues rock.

Al igual que el rock de garage, el blues rock no es un estilo pasajero, como cuando nos quisieron hacer creer que existió hace 10 años un “garaje rock REVIVAL”. Esto no es un blues rock revival, es simplemente un año en donde, gracias a figuras que vienen tomando vuelo hace años como Jack White y The Black Keys, el blues rock tomó protagonismo (no un protagonismo único) de las revistas de rock y los ranking del género. Pero siempre ha estado ahí para nosotros, en distintos formatos y variantes. Nunca ha desparecido como para ser revivido.

Blues
Rival Sons en escena

2012 ha sido un gran año para el blues rock. No sólo por esa experiencia sublime que fue la publicación de Celebration Day, el concierto realizado por Led Zeppelin en 2007 y que es sencillamente alucinante. Este año el género ha tenido una prolífica producción en manos de bandas nuevas y otros viejos estandartes que reaparecen. Así, este año tuvimos el increíble regreso de Rival Sons con su Head Down, un disco con el que los de Los Angeles al fin terminan de mostrar credenciales, pidiendo a gritos (literalmente) la atención necesaria de la prensa. No estamos hablando de la reinvención de la rueda, sino tan solo de una de las bandas que ha encarnado mejor la herencia zeppeliana, con riffs imposibles de olvidar y una performance vocal a pura tripa y corazón, sin dejar en ningún momento de lado los matices necesarios para que el disco no aburra en ni un sólo minuto.

Run From Revelation by Rival Sons on Grooveshark

En la vereda del blues psicodélico se encuentra Chris Robinson Brotherhood, que este año retornó con dos discos hermanos, que perfectamente pudieron haber sido uno solo doble: Big Moon Ritual y luego, 3 meses después, The Magic Door. Acá, “la hermandad” del líder de los retornados The Black Crowes muestra un estilo que oscila entre un blues rock más sureño en clave Creedence ('Someday Past The Sunset' es una cátedra) y una herencia importante del Pink Floyd de la época de Meddle. Probablemente, la razón por la que estos dos discos, y particularmente The Magic Door no aparece consistentemente entre los grandes del año, es debido al exceso de reversiones de temas grabados anteriormente, ya sea por los mismos The Black Crowes ('Appaloosa', 'Little Lizzie Mae'), o covers como el track que abre el disco ('Let’s Go, Let’s Go, Let’s Go'). Si obviamos esto, se convierten en discos altamente recomendables. Ambos.

Someday Past the Sunset by Chris Robinson Brotherhood on Grooveshark

La nueva sensación de Texas, Gary Clark Jr., venía pavimentando desde hace un rato el camino para que todo el mundo estuviera muy atento al lanzamiento de Blak And Blu, su debut en una multinacional , gracias al lanzamiento de dos EPs con adelantos de gran factura. Lo logró, y hoy en día es común leer en la prensa especializada las comparaciones con Jimi Hendrix y Stevie Ray Vaughan, precisamente por estas altas expectativas y por el origen texano del músico y actor (aunque siempre estas apresuradas comparaciones lo único que hacen es perjudicar cualquier carrera emergente). En lo estrictamente musical, Blak And Blu es un buen disco, cuya principal característica son sus variados colores, con matices de soul, pop, rap, pero sobre todo una buena dosis de guitarras en grandes canciones como 'When My Train Pulls In' y 'Bright Lights'.



White
Jack White en el documental It Might Get Loud

Jack White es, sin duda, el personaje fundamental de la última década en lo que a blues rock se refiere. Ya en un par de años, Elephant (2003) se posicionó en todos los ranking de discos primordiales, de la década y de la historia, y más aún, el multiinstrumentista se posicionó fácilmente dentro de los ranking de los mejores guitarristas del rock; por su revolución en el sonido del blues rock, por sus guitarras increíblemente filosas, por riffs históricos como el de 'Seven Nation Army'. Todos los adjetivos grandilocuentes no están demás.

Este año, al fin se atrevió a lanzar un disco solista, que no es ni White Stripes, ni Raconteurs, ni Dead Weather. Es todo eso junto. Blunderbuss es un recorrido por todos los sonidos de Jack White que marcaron escuela en los últimos 10 años. Es más orientado al pop que The Dead Weather, y con menos guitarras y más piano que The White Stripes (salvo ese sacudón llamado 'Sixteen Saltines'). Tal vez, The Raconteurs es el antecedente más claro de este disco, por su mayor orientación pop, menos garage y más arreglos en las composiciones (aunque claro, filtrando todo el importante aporte de sus compañeros de banda y miembros de los subvalorados The Greenhornes). Tal vez, Blunderbuss ha pasado más desapercibido de lo que corresponde. Jack White ya nos ha mal acostumbrado a escuchar buen rock.


Pero el año que recién se fue, White no ha aparecido sólo por sus propias creaciones, sino también por la herencia que está dejando The White Stripes y que encarnaron los ingleses Band Of Skulls con su segunda placa Sweet Sour. Para ser justos, este disco es mucho “menos White Stripes” que su excelente debut Baby Darling Doll Face Honey de 2009. De entrada, queda la sensación de que en esta pasada es Emma Richardson, la voz femenina, quien toma las riendas de ese puesto y Russell Mardsen queda más abocado a las seis cuerdas, lo que desde ya le quita un poco el tono “White” a la vocalización. 'Bruises' y 'Wanderluster' son buenas muestras del sonido propio que ha construido Band Of Skulls en poco tiempo. Acá hay otra carrera ascendente.


Wanderluster by Band Of Skulls on Grooveshark

Black
Ilustración de The Black Keys, según el artista Mr. Brainwash.

The Black Keys, la banda que acapara todas las portadas y las participaciones estelares de los festivales de rock alrededor del mundo en el último tiempo, marcaron presencia en 2012 no por producciones propias (a pesar que su última placa El Camino vio la luz a finales del 2011 y lanzaron sendos singles en 2012), sino, como infalible indicador de estar “creando escuela”, por poner su sello en discos de otros, ya sea en la producción, o apoyando con colaboraciones.

Shakedown, el debut de los gringo- mexicanos Hacienda (¿habrá un nombre más latinoamericano para una banda?) es una buena muestra de esto. No es casualidad que su sonido recuerde en varios pasajes al rock- soul de Brothers, el disco con que The Black Keys terminó de encantar al mundo, ya que estos oriundos de San Antonio (Texas, otra vez Texas), han sido apadrinados de Dan Auerbach desde hace ya unos 3 años, primero acompañándolo en su gira solista y a su vez con Auerbach como productor de sus tres discos, incluyendo este último. Verónica, el track que abre la placa, es un imperdible que muestra lo mejor de la escuela Black Keys.

Veronica by Hacienda on Grooveshark

Una de las “buenas prácticas del rock”, es cuando los músicos jóvenes y con carrera ascendente le devuelven la mano a sus mentores, trayéndolos de vuelta al presente para mostrárselos a las nuevas generaciones. Haciendo gala de este ejercicio, Dan Auerbach estuvo detrás de las perillas y la guitarra en Locked Down, el retorno del veterano Dr. John. Con un disco que toma matices del blues y el funk, Locked Down nos entrega una excelente colección de canciones, muy bien recibidas por la crítica y con un trabajo vocal al que Auerbach sin duda le debe créditos.




Pero Dan Auerbach no fue el único de Los Black Keys que tuvo agenda activa en la producción y expansión del sonido Keys en la oferta musical de 2012. El baterista Patrick Carney fue el encargado de la producción del nuevo álbum de The Sheepdogs. Luego de unos años en la independencia, y saltando a la fama gracias a un bullado concurso de la Rolling Stone para ser la primera banda independiente en aparecer en su portada de Agosto de 2011, los canadienses debutan en una multinacional (Atlantic) con su producción homónima, y el sello es básicamente el mismo: rock con influencia del blues y la neo-psicodelia, sonidos amigables, pero esta vez con mucho más protagonismo de la guitarra que en los casos anteriores, donde los pianos y teclados tenían harto que decir.


Feeling Good by The Sheepdogs on Grooveshark

En síntesis, un año redondo para los sonidos del blues rock, para la colonización musical de The Black Keys, y para el maestro Jack White. Muchos eventos relevantes pudieron haber ocurrido en 2012, pero ésta es sólo una de las tantas historias que se pueden contar sobre el devenir del rock este año.