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The Beatles y su sincretismo revolucionario

Ilustración de Roger Hoyos®

Tenían al mundo a sus pies. Todos los músicos que entraban al circuito querían ser como ellos. Eran el fenómeno pop más universal jamás conocido. Eran la superestructura de la música popular.

Desde 1966, cuando The Beatles dejó de realizar giras (básicamente porque ya no podían disfrutar hacer música en vivo por culpa de los gritos de las fans), comenzarían a ir contra del mismo ethos que forjaron por cortos pero extenuantes cuatro años para construir la leyenda y forjar una discografía de excelencia, en base ya no a una fórmula para el éxito, sino que en base a la experimentación y al encuentro con otras manifestaciones culturales que bullían en creatividad. Con este giro, los Beatles le dieron maduración y consolidación al rock como producto artístico, y -como lo describe el académico Fabio Salas- a la vez lo despojan de su superficialidad temática y lo encauzan hacia una profundización en los contenidos y formas.

El contexto: mientras EE.UU. comenzaba su guerra absurda contra Vietnam, los ingleses por su parte comienzan a difundir textos más acabados y de un contenido más vivencial en sus canciones. Era la época del Rubber Soul, donde recuperaron el sentido de dirección que habían empezado a perder durante el último período de trabajo de Beatles For Sale (1964) y que, a causa del abuso de la marihuana, casi se evapora durante la era del Help!

Es en este período donde comienza a generarse el fenómeno de sincretismo (sistema filosófico que trata de conciliar doctrinas diferentes) en los Beatles, gracias a un entendimiento gradual de que no tenían porque separar su trabajo profesional de sus vidas internas (una de las marcas más profundas que les dejó su encuentro con Bob Dylan en 1964).

Se tomaron vacaciones -cosa que no ocurría desde 1962- para ocuparse justamente de situaciones más cotidianas y banales. Y también, para absorber ideas e influencias para un nuevo álbum. En esos tiempos de reencuentro y descubrimiento, los músicos de Liverpool profundizaron sus conocimientos de ciertas manifestaciones culturales que les inquietaban: George Harrison se instruía en los conocimientos en la cultura hindú (filosofía, música, religión), Paul McCartney empezaba a estudiar y comprender la música clásica con sus sonatas y sinfonías, y John Lennon exploraba su espacio interior mental con el LSD e indagaba sobre las teorías de las experiencias psicodélicas de Timothy Leary. Todas estas inquietudes se volcaron hacia la profundidad del talento tanto del grupo, como en sus composiciones individuales.

Estas conciliaciones entre los procesos de choque transculturales traerán consigo las llaves de las nuevas propuestas en sonido de la música popular de la segunda mitad del siglo XX. El cruce entre la cultura brit clásica en los Fab4 con el hinduismo, los experimentos psicodélicos alucinógenos (cabe mencionar que en Inglaterra aún no había una subcultura del “ácido” como en EE.UU.), la literatura existencialista, las ideas marxistas y anarquistas, el postmodernismo, y hasta la música docta, generarían innumerables matices tan significativos en sus contrastes como en sus similitudes, y dotarán al catálogo de los Bestles, y de la música popular, una riqueza sin parangón. Para el periodista y escritor Diego Fischerman, los Beatles fueron un “fenómeno anfibio”: mientras sus canciones seguían bailándose, pasándose por la radio y vendiendo millones de unidades, desarrollaban un nivel de sutileza y detallismo en la composición totalmente inéditos en la música pop.


La primera canción en donde se nota la mezcla y la coparticipación de formas culturales generando un resultado integral es ‘Norwegian Wood’ (1966). El primer rasgo característico es su tinte oriental, por el uso del sitar, instrumento de cuerdas de origen hindú, que Harrison ya había escuchado en la banda sonora de Help! (1965), pero que decidirá tocarlo luego de conocer el trabajo del músico Ravi Shankar. Para Lennon, era algo nuevo, pero después de escuchar y sentir los sonidos que se podían sacar (con los sentidos alterados por el LCD) quedó fascinado con el sonido raga (modos melódicos empleados en la música clásica india). En una composición en conjunto con McCartney, el resultado fue una de las mejores canciones del Rubber Soul y predilecta entre los músicos de folk. En cuanto a su letra, Lennon tomaría el espíritu de narraciones burlonas al estilo Bob Dylan.

Música y letra comenzarían a transmutar en sus específicos discursos ya para 1967. Y también lo haría su forma de mostrarse visualmente. La fórmula de Brian Epstein de uniformarlos al estilo de la nouvelle vague francesa de finales de la década del 50 sería historia. Ahora, se dejarían crecer el pelo, usarían barba, vestirían trajes de colores, o bien, la ropa que a cada uno más le gustase. En definitiva, encontraron en los postulados del pop art (del visionario Andy Warhol) el medio para construirse una imagen, un sentido para darle forma a su nuevo espíritu rebelde, algo que también se reflejaría en la preocupación estética del arte de sus álbumes.

The Beatles, cambio look 1963 y 1969

El académico Claude Chastagner sostiene que el arte de un disco es un espacio de ambigüedad y de tensión, entre aspiraciones estéticas, radicalismo crítico y apuestas comerciales. Es un espacio, ínfimo, pero con una capacidad de intriga y poder de seducción. Los Beatles, intuyéndolo o no, desde su disco Revolver fueron marcando pauta del poder y la seducción de una carátula. El caso más evidente, sin duda, es el de la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), encargada a los artistas pop Peter Blake y Jann Haworth, y transformada en la carátula más imitada en el mundo de la música popular.

Blake y Haworth imaginaron un objeto estético, lúdico y de una extraordinaria capacidad comercial y publicitaria, donde se encuentran exhibidos con ostentación, los gustos culturales de Lennon, McCartney, Harrison y Starr, en un gesto que funda y legitima el eclecticismo iconoclasta de la cultura rock y el sincretismo entre las artes musicales y las visuales. William Burroughs, Albert Einstein, Edgar Allan Poe, Fred Astaire, Marlon Brando, Marilyn Monroe, Bob Dylan, Sigmund Freud, Karl Marx, Laurel y Hardy, Karlheinz Stockhausen, George B. Shaw, Shirley Temple, Oscar Wilde… son algunos nombres que desfilan por la carátula, todos personajes públicos de diversas ramas artísticas, culturales, académicas, de las ciencias sociales; todos, transformados en memorabilia rockera luego de este guiño.


Con los discos: Revolver (1966), Sgt. Pepper’s… (1967), Magical Mystery Tour (1967), The Beatles (1968) y Abbey Road (1969) los Beatles llegarían a un techo imposible de superar, siendo Sgt. Pepper el cenit del proceso, contextualmente. ¿Las razones? Su sincretismo es de un resultado exquisito, el primer álbum conceptual indivisible para la industria musical (que tenía la mala praxis de sacar versiones distintas a cada lado del Atlántico), salto en la calidad de producción e innovación en las técnicas de grabación, y una propuesta musical tan abrumadora que llevó a que todos los grupos de rock revisaran sus músicas y planteamientos. Hasta los mismos Rolling Stones intentarían equiparar este trabajo en su Their Satanic Majesties Request a finales de 1967.

El legado de esta discografía esencial para cualquier melómano que se jacte de tal, es que no importa el éxito obtenido, siempre hay que seguir evolucionando; no conformarse con las líneas habituales, sentir el deseo de conocer cosas distintas; tener olfato para rastrear en otras culturas distintas las herramientas para abrir caminos; hacer una reflexión cuando las fórmulas se agotan y tener el coraje para cambiarlas.


Con todo ese abanico de conocimiento, es imposible que no aumente el gozo cuando se escucha, por ejemplo, la hermosa ‘Eleanor Rigby’ con su doble cuarteto de cuerdas, que ya no es sólo un “arreglo”, sino que es algo con tal grado de esencialidad que se hace irremplazable; o no quedar reflexionando en el texto de ‘Tomorrow Never Knows’, con su contenido ideológico profundo, que subvierte su propio mensaje equivalente a la máxima hippie de “estar aquí y ahora” con las ideas vanguardistas y existencialistas que comenzaron a inquietarle a Lennon, y que volcaría de lleno en su discurso, tanto en los Beatles como en su truncada carrera solista; o quedar perplejo ante el desquiciado sonido de 'Helter Skelter', con McCartney dando rienda suelta a su mejor faceta de guitarrista poderoso y arreglador de cosas enormes. 

Este tipo de trabajo es el más claro ejemplo de lo constitutivo e importante que fue la música para los Beatles una vez que absorbieron la característica abstracta, pero real, que distingue a las obras más representativas del arte a través del sincretismo. Le dieron valor a lo estético como un resultado artístico superior, por sobre otros vicios del mundo musical (como el business). Y fueron los primeros en el siempre complejo universo del rock. Otra vez.

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Nouvelle Vague, la estética del rock de los '60

Rolling Stones (John Hopkins, 1963) vs. The Beatles (Harry Watmough, 1961)

La imagen iconográfica del rock se sustenta en gran medida en la apariencia estética de sus artistas, es decir, en su vestimenta, sus peinados, en la forma de abordar a sus instrumentos, en su postura durante la interpretación de su música en un concierto. En definitiva: todo lo visual, todo lo que alcanza a proyectar dicha banda como parte de su concepto global que también involucra otras aristas. A dicha imagen, a través del tiempo se le ha atribuido un contenido contestatario, porque a menudo su estética no calza con el repertorio que proyecta el modelo de ciudadano común y estandarizado que habitualmente vemos entre los días lunes y viernes. 

Por la otra vereda, obedientemente el rockero tiene como cualidad intrínseca el celebrar la imagen que proyecta alguna banda; la exacerba y la convierte en un producto de consumo. La fidelidad de décadas que puede alcanzar un seguidor respecto de su banda favorita es una cualidad sobresaliente y única en trascendencia, respecto de la misma relación artista/fan, pero situada en otras vertientes musicales llamadas, paradójicamente, “comerciales”. 

El mercado del rock da para todo tipo de souvenirs y merchandising, desde el rockero orgulloso por su polera negra hasta una colección de discos remasterizados. ¿Qué sentido tiene la polera?, nada muy productivo, sólo exteriorizar una postura diciendo: “a mi me gusta esta banda (y no soy como tú)”. ¿Qué sentido tiene el disco remasterizado?, nada, salvo atesorar un objeto que un oído inexperto jamás podrá poner en valor. Escribiendo esto me pregunto: ¿hay algo más uniforme y predecible que la tropa de asistentes a un concierto de rock? 

En sus inicios, los grandes íconos del rock inglés, precursores del movimiento a nivel planetario, basaron su fama y trascendencia en sendas campañas de publicidad y marketing, preconcebida por sus respectivos managers. Hablo de The Beatles y Rolling Stones. Ambos grupos forjaron su imagen rupturista bajo el alero de la “moda” en la croquera de sus creadores, quienes con audaz visión, plasmaron en estos chicos a punta de peinados, vestimenta y set fotográficos toda la necesidad de cambio luego de la post-guerra que la juventud adormecida requería. 

Acá es donde aparece La Nouvelle Vague, corriente que iluminó las mentes de Brian Epstein y Andrew Loog Oldham -managers de The Beatles y Rolling Stones, respectivamente-, quienes utilizando tópicos de este movimiento cultural, moldearon la imagen que exteriorizaban ambas bandas hacia la opinión pública y sus fanáticos. 

'A Hard Day´s Night' (Richard Lester, 1964) / ’Jules Et Jim' ( François Truffaut, 1962)

La Nouvelle Vague representó un cambio cultural en la concepción de las artes francesas a finales de la década del ‘50, alcanzando más tarde una mayor relevancia fundamentalmente en el cine europeo más que en otras expresiones. Dentro del cine, las temáticas que destacarían estas películas era la presentación de personajes con un estilo de vida desenfrenado (para la época), poniendo relevancia en el personaje “perdedor”, siempre buscando la libertad por sobre el héroe, con un fuerte componente político y reivindicativo, insistiendo en el blanco y negro como colores predominantes en cuanto a la fotografía. Aunque conocido es que "la única regla de la Nueva Ola francesa era que no hay reglas”. 

Quizás, la mejor muestra de esta corriente sea el largometraje Les 400 Coups (1959), la ópera prima del director parisino François Truffaut. (No me queda muy claro, en lo que he leído, si el título hace referencia a las gran cantidad de transgresiones del protagonista, o por el contrario, a la cantidad de pruebas que la vida le coloca como obstáculos). “Los Cuatrocientos Golpes” es el hito fundacional del movimiento y, en definitiva, la más importante. Su final es memorable, con Antoine Doinel -el niño que protagoniza la película- corriendo hacia la playa en busca de la libertad. Recomendada en absoluto; es atípica, con un drama sicológico desde el punto de vista de la niñez, una ambientación soberbia y una honestidad brutal en la historia (biográfica del director) que se transmite en cada cuadro, en cada escena.

Estética, moda e imagen de Antoine Doinel ('Les 400 Coups', François Truffaut, 1959)

En 1961 Los Beatles tocaban en el The Cavern, un bar de la ciudad de Hamburgo, Alemania (sueño con tomarme un shop de cerveza ahí). En este lugar fue cuando Brian Epstein vio a estos personajes de “malos modales", que utilizaban chaqueta de cuero en el escenario, tocaban rock and roll y tenían un gran carisma y potencia. Finalmente, terminó trabajando con ellos, y no paso mucho tiempo para que los convirtiera en los melenudos que impactaron al mundo a partir de 1962. 

Epstein llegó a la banda y les inyectó dinamismo, y como todo movimiento produjo cambios: reemplazó al baterista original Pete Best por Ringo Starr, los uniformó con trajes a todos por igual; según palabras del mismo John Lennon, Epstein les dijo: 

Miren, si ustedes realmente desean conseguir uno de esos lugares grandes, van a tener que cambiar, dejar de comer en el escenario, dejar de maldecir, dejar de fumar. 

En definitiva, implementó un cambio de imagen al grupo, que en la parte estética, tenia un fuerte raigambre en la ya citada Nouvelle Vague. Es más, el famoso peinado “a lo beatle”, ese que dejó de lado al gel y al mítico peinado hacia atrás del rocanrol -sí, ese mismo que utilizaba ya saben quién-, ya era  un peinado popular que se encontraba plenamente vigente (“a la moda”) en la Francia de aquellos años; y aunque algunos le atribuyen a Astrid Kirchherr -una fotógrafa alemana conocida por sus fotografías del grupo en el ’60- la creación del estilo, la verdad es que ella sólo los invitó a adoptarlo.

The Beatles en Hamburg bajo el lente de Astrid Kirchherr (1961)

Mientras eso pasaba con los de Liverpool, en Londres los Rolling Stones tuvieron en Andrew Loog Oldham a su mentor. Famoso en el medio por sus tácticas de marketing, fue quien acuñó la inmortal frase “¿dejaría usted que su hija saliera con un Rolling Stones?”. Este maestro de la producción artística musical (que recientemente lanzó un libro con sus vivencias, Rolling Stoned) convirtió a los Stones en la antítesis de la imagen santurrona que los Beatles proyectaban. Reconocido cinéfilo y fanático de la Nouvelle Vague, basó en ella toda la conceptualización de las primeras fotografías que los Stones se tomaron entre los años 1962 y 1964 como parte de la campaña publicitaria para hacerlos conocidos a nivel global.

Fotografías publicitarias The Rolling Stones, 1962-1964

Oldham en sus memorias dice: 

Bastante antes de que 1963 cambiara la cara de la música tal como la conocemos, Gran Bretaña ya tenía un motivo pop: la moda. Yo tomé esas libertades establecidas y las apliqué dentro de los límites del seguro mundo de la música, donde resultaban innovadoras.

Las influencias directas del cine de la Nouvelle Vague en la estética de los dos pilares de la música inglesa de la década del ’60 viene a reafirmar la teoría que, junto a una concepción musical potente, el rock repercute en las masas adolecentes con una propuesta estética distinta, que pretende ser trasgresora en comparación a lo ordinario de la moda cotidiana (ya aceptada y adoptada). 

Esta idea “casualmente” coincide con la visión de mundo de un adolecente en busca de medios de expresión para retratar su descontento habitual, es más, el rockanrol norteamericano tiene su génesis en una serie de expresiones rupturistas para la época: en los peinados, en la forma de bailar, en la vestimenta, en las letras contra la autoridad paternal conservadora; todas expresiones que analizadas con lupa, no son más que una serie de manifestaciones triviales muy bien explotadas por los mercaderes de la música. Oldham y Epstein, afortunadamente, captaron esta idea, y junto con ellos, muchos otros siguieron ensalzando la música rock con un componente estético fundamental, para que éste se convierta finalmente en arte.

(*) Artículo publicado originalmente el 17.10.2011.

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Música congelada #1: Abbey Road


El contexto urbano ha estado siempre ligado a la música. Desde ser inspiración de canciones a ser utilizada como plataforma para su interpretación, la ciudad se ha ido transformando en objeto icónico de ésta, en su testimonio físico, visual. La tesis que se puede plantear es si la ciudad se proyecta como un escenario estético en función de la música. Si finalmente “la arquitectura es música congelada”, parafraseando al filósofo alemán Arthur Schopenhauer.

Para ver esta histórica relación entre arquitectura y música, específicamente en el rock, revisaremos en una serie de artículos, las caratulas de cinco álbumes fundamentales en la historia del rockanrol de los años setenta que fueron, precisamente, inmortalizados desde sus portadas con algún tipo de guiño urbano. Los clásicos: “Abbey Road” de The Beatles (1969); “Morrison Hotel” de The Doors (1970); “Ziggy Stardust” de David Bowie (1972); “Physical Graffiti” de Led Zeppelin y “Animals” de Pink Floyd (1977).

ABBEY ROAD STUDIOS Y EL MÍTICO PASO DE CEBRA


Saint John’s Wood es un suburbio localizado al noroeste de Londres, Inglaterra. Su proceso de formación urbana data del siglo XIX, caracterizándose por el desarrollo de construcción de baja densidad que se implementó en la zona y que llevó a su conformación de barrio residencial, con villas de estilo italiano y viviendas principalmente victorianas y góticas, rodeadas de amplios jardines y avenidas bordeadas de árboles. Esta planificación fue  vanguardista si se tiene en cuenta que en la normativa londinense de la época prevalecía la construcción de townhouse. Esto conllevaría a que mucha gente ligada a la cultura y las artes viviera en este incipiente barrio que presentaba una atmósfera de pueblo, evocando a lo rural, y a la vez, estaba muy cerca de la ciudad. En este contexto urbano, se edifica en 1830 el inmueble que hoy conocemos por
Abbey Road Studios.

Construido originalmente como un pêtit-hotel de estilo neoclásico georgiano (común por esos años), el edificio no tardó en convertirse en un lugar ávido para hacer música, registrándose entre sus paredes piezas de música clásica interpretadas por la London Symphony Orchestra. Ya para 1930, la propiedad pasa a manos de la compañía discográfica multinacional EMI Music para ser utilizada como estudio de grabación. El primero en ocupar ese lugar como epicentro del rockanrol inglés fue Cliff Richard, donde graba en 1958 el single “Move It”. Pero no será hasta once años después que la historia de ese lugar cambiará.

1969. Once y media de la mañana del ocho de agosto. Un guardia local corta por diez minutos la transitada calle Abbey Road, cerca de la intersección con Grove End Road. El motivo: la banda más influyente e incombustible de la historia - fenómeno popular de la cultura inglesa - haría una sesión fotográfica en dicho cruce para la elaboración de la portada de su próximo disco, en definitiva, el último.

Aún faltaban nueve días para que el trabajo de John, George, Paul y Ringo concluyera en los Estudios EMI. El proyecto “Everest” haría que de nuevo tuvieran el mundo a sus pies. Y lo hicieron, pero ni ese nombre ni la idea de una portada donde aparecerían fotografiados en la cima del Himalaya los convencieron para etiquetar y retratar esta nueva apuesta. Fue entonces cuando los músicos decidieron ser perpetuados por la cámara del fotógrafo escocés Iain Macmillan a las afueras del estudio, en el barrio, y con la misma ropa que llevaban puesta.


Seis fotografías fueron las que capturó el lente de Macmillan. La quinta fue la seleccionada para representar gráficamente el espíritu de uno de los mejores discos en la historia del rock. Según el director creativo de Apple Records, John Kosh, esa imagen fue la que ilustraba la armonía perfecta para ser la portada del nuevo disco, al que simplemente se le llamó “Abbey Road”, haciendo una especie de homenaje a aquella transitada calle que, desde los sesenta hasta hoy, ha sido testigo de la historia de la música popular.

Una de las leyenda urbanas cuenta que el grupo representó un cortejo fúnebre, donde los músicos caminarían separados, cruzando la calle hacia otro destino, como una epifanía de la historia que luego se escribiría. John Lennon viste completamente de blanco asumiendo el rol del sacerdote; Ringo Starr, con traje negro, sería el de los servicios funerarios; George Harrison con ropa más informal, es el enterrador; y Paul McCartney, el difunto (tiene los ojos cerrados, camina con el paso cambiado, viste un traje y está descalzo, como suele ser habitual en los cadáveres preparados para ser velados), alimentando así el mito de su muerte. Pero en realidad, todo fue producto del azar: la fotografía, el nombre del disco, el orden en que se cruzó la calle, la vestimenta, la composición, la simetría, la luz.

La calle que cruza el barrio St. John’s Wood – hoy por hoy uno de los más costosos del mundo – es hito turístico y lugar de peregrinación de cualquier melómano. Las paredes exteriores del edificio en el #3 de Abbey Road se han transformado en un gran libro abierto donde los fanáticos dejan por escrito el testimonio de su presencia. Aquel paso de cebra, el ícono pop urbano por excelencia, atrae cada año alrededor de ciento cincuenta mil turistas, que no dudan ni un segundo en emular el rito fotográfico de los Fab4. Fue así como los estudios EMI (donde los Beatles grabaron el 90% de su catálogo) y su entorno cercano, fueron inmortalizados.


A pesar de toda esta historia de fama, el 16 de febrero del 2010, el diario Financial Times anunciaba la venta de los famosos Abbey Road Studios, nombre que adoptó desde 1970. El precio: cerca de US$19.000.000 (más de cien veces de lo que pagó EMI en 1929), dinero que serviría para cubrir parte de la deuda asumida por el fondo de capital riesgo Terra Firma (actuales dueños del sello), que la adquirió en 2007.

Sin embargo, la controversia que causó la noticia provocó que el gobierno británico protegiera a los estudios declarándolos Patrimonio Histórico, una semana después de conocer la intención de venta, asegurando así que este santuario de la música no esté a merced del mejor postor y que su estructura no sea modificada por un arrebato estético. Ya en diciembre del mismo año, el gobierno dio otra señal de protección al lugar, esta vez declarando al espacio del paso de cebra Monumento Nacional.

En palabras de Margarte Hodge, ex-Ministra de Cultura y Turismo: “los estudios Abbey Road tienen una enorme importancia cultural (...) acá surgió parte de la mejor música del mundo”. Claro, aparte del inconsciente legado como capital turístico que dejó The Beatles, ahí se vivieron maratónicas jornadas de composición musical por parte de grandes músicos ingleses de las últimas décadas, desde Jeff Beck a Blur, de Pink Floyd a Radiohead.

En una forma de defensar su imagen, EMI emitió un comunicado aclarando que su intención es mantener el estudio en virtud de su propiedad, que no están en venta y en realidad estaría buscando inversores para ayudar con una revitalización del proyecto y sigan siendo estudios de grabación y no se conviertan en museo.

Interesante paradoja ocurre a un año de estos hechos. Los Abbey Road Studios anunciaban que abrirán sus puertas al público por primera vez en su historia con la excusa de la celebración de su aniversario número ochenta. Inicialmente sólo sería un día, el diez de marzo, en dos sesiones en las que se podrá estar en el mítico Studio #2, el lugar exacto que se ha utilizado para grabar varios de los discos más influyentes del género. La demanda fue tanta (cómo no) que estas visitas ya se ampliaron a cuatro días más. Y como de beneficencia no se pagan las deudas, la entrada para visitar este mítico lugar bordea los US$115. Se suma  a este recorrido la exhibición de un documental que proyectará fotografías y videos inéditos de las grabaciones de las bandas que desbordaron su talento bajo el alero de esas paredes, como los ya citados The Beatles, y también Pink Floyd, The Hollies o The Shadows.

La calle más famosa del orbe (la cual podemos monitorear las veinticuatro horas del día desde esta cámara) y el edificio que fue el alma matter de los rockeros más prodigiosos de su tiempo, tienen así su destino consolidado. Estos lugares, aunque no suenen en nuestro reproductor de música, forman parte de la banda sonora de varias generaciones, y ese cotidiano y simple acto de cruzar un paso de cebra, que significó el final de la banda oriunda de Liverpool, es el ejercicio urbano más imitado, no sólo en el cruce de la calle londinense, sino también, en cualquier punto donde encontremos la oportunidad de sentirnos por un pequeño instante, un beatle más.

Anexos:

"Abbey Road", remasterizado 320kbps
Abbey Road a la chilena (Video 3TV)
Abbey Road a la chilena 2
Recrear la foto del Abbey Road podría violar leyes de copyright en UK
Portada de la Rolling Stone, cuando Abbey Road fue cruzada por The Simpsons